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jueves, 21 de agosto de 2014

Leyenda Urbana

Una mañana de camino a la Oficina, escucho una antigua leyenda, que data desde la existencia del subterráneo, de esas que van rodando de boca en boca y de generación en generación. Ese día mientras leía un libro sentada en un vagón del tren, alguien comenzó a narrarla  y ella no pudo evitar escuchar, ni que le llamara la atención. No alcanzo al ver el rostro de quien hablaba, pero bien podía imaginar sus gestos por su forma de hablar.

Esta leyenda cuenta, que cuando comenzó a funcionar el subterráneo y este aún no se había convertido ni en la novedad, ni en la necesidad de la mayoría de los habitantes de la Ciudad, se comenzó a ver en los andenes medios vacios merodear al Amor. Diferentes personas decían haberse cruzado con él en algún andén del subterráneo mientras esperaban el tren,  otros en cambio habían terminado sentados a su lado en el algún vagón.

Con el pasar de los años fue creciendo la población en la Ciudad, así como también fue cambiando el estilo de vida de sus habitantes. Los andenes y trenes del subterráneo ahora vivían explotados de personas, siempre desesperadas y peleando por llegar a algún lugar. Tras este inevitable fenómeno poblacional se volvieron cada vez menos frecuentes los reportes de que alguien se hubiese cruzado con el Amor en alguna estación. Aún así, de tiempo en tiempo, alguna persona contaba haberlo visto caminando por un túnel del subterráneo, pero debido a la velocidad del tren y la escasa luz, tales visiones se volvían poco creíbles para quienes las escuchaban. Fue así como no solo el Amor, sino también su leyenda en el subterráneo, se fue perdiendo en el tiempo.

Ella siguió escuchando atenta el relato, mientras simulaba recorrer las líneas del libro en sus manos y fingía no darse por enterada de la conversación, hasta que en la siguiente estación el sujeto bajo del tren y ella tuvo que resistir el impulso de levantarse e ir tras él. En su asiento intrigada, con el libro sobre sus piernas y la mirada perdida entre las personas, se preguntaba cómo es que no había escuchado antes esa historia, hecho que a vez la hacía poco veras. Ahora, sin mayor referencia, ella se preguntaba si la leyenda era cierta, si realmente alguna vez el Amor se dio a la tarea de vagar por los andenes y vagones del subterráneo, y en tal caso, por qué dejo de hacerlo o a dónde se había ido.

Ese día no pudo transcurrir normal para ella, no lograba sacar de su cabeza la conversación del sujeto en el vagón, la repetía una y otra vez en su mente, hasta el punto en que comenzó a dar rienda suelta a su imaginación. Imaginaba lo que habría sido en los inicios de los años 80 toparse con él caminando por alguna estación y la impresión que esto causaría. Con facilidad comenzó a recrear en su mente los posibles encuentros, en algún vagón o andén.  

A medida que transcurrieron los días y aunado a sus viajes en el subterráneo fue creciendo más su fascinación por esta historia, pero por más que indagaba no era mucho lo que podía saber al respecto, incluso durante varios días probo subir al tren a la misma hora y en el mismo punto en el que coincidió con aquel narrador, que indirectamente le develo la historia, con la esperanza de obtener más información, pero no fue posible repetir la coincidencia.

Desde ese día el uso común del subterráneo se convirtió para ella en casi una obsesión, en la que no paraba de recorrer con su vista cada lugar de las estaciones, mientras caminaba o esperaba que llegara el tren. Las ocasiones parecían pocas ahora para ella, no alcanzaban las oportunidades para visitar estaciones, cambiar de andenes, subir a diferentes trenes y vagones, pero ¿cuán probable era que se topara con el Amor? Algunas veces incluso llego a perder su mirada en algún túnel, mientras esperaba en un extremo del andén, conteniendo el deseo de adentrarse por la caminaría del túnel, prohibida para los usuarios y de uso solo en caso de emergencias o para los obreros en tareas de mantenimiento.

En algún momento  estuvo a punto de darse por vencida y llego a creer que era una tonta por haber creído esa historia que nunca antes había escuchado, pero otros días despertaba convencida de que la leyenda era real e iniciaba de nuevo sus recorridos por el subterráneo.

Así se convirtió en uno de esos personajes característicos del subterráneo y a la larga de la Ciudad, una especie de Penélope del subterráneo, pero especialmente fue así como ella se convirtió en una Leyenda Urbana más.  
  


lunes, 3 de junio de 2013

El ladrón

Ninguna ciudad escapa hoy en día a la inseguridad y la de ella sin duda no era la excepción.

Caracas se había convertido en una de las Ciudades con mayor índice de inseguridad y ella vivía en medio de esa paranoia, preguntándose siempre si a eso se le podía llamar vivir.

Algunas veces hasta el simple traslado a alguna zona cercana se podía transformar en la situación más transcendental de su vida, al solo pensar en el riesgo que representaría el estar presente durante algún atraco en la camioneta por puesto, lo que ella llamaba la ruleta rusa, nadie sabe cuando le tocara.

Muchas veces en la mañana podía salir con un rumbo definido, pero sin decidir cómo llegar a el. Una vez en la calle se dejaba llevar por sus pies, que siempre terminaban dirigiéndola al mismo lugar, el Metro. Conocía muy bien los riegos que esto implicaba, pero estaba dispuesta a cargar con las consecuencias, había pasado tantas veces por ello. Los empujones, pisotones, la presión una vez adentro del vagón permitiéndole apenas respirar, el calor, los malos olores y el mayor de estos, el vértigo al borde la franja amarilla, advirtiéndole que podía caer en cualquier momento.

Eran los riegos que implicaba vivir en una Ciudad tan insegura como esa. No le angustiaba tanto ser víctima de un arrebaton, que según ella se podía limitar a la perdida material y no a la perdida de la vida. Su mayor temor era verse en el medio de una situación en la que pudiese morir. De allí que creyera estar a punto de sufrir de un ataque al corazón, cada vez que los delincuentes de su barrio comenzaban a disparar. El solo pensar que una bala perdida cegara su vida, no la dejaba dormir en paz.

Fue así como su tranquilidad se fue corrompiendo cada vez más. Ella siempre lucho por no dejarse atrapar por la paranoia, porque su vida no se condicionara por lo impredecible, decía que uno debe hacer lo que está a su alcance, actuar con prudencia, pero no dejar de vivir.

Las noches en su calle podían ser llenas de personas conversando, tomando algunas cervezas, pero en otras ocasiones podían ser impredeciblemente solas y eran esas noches las que más temor le producían a la hora de llegar a su casa.

Era un Martes después de la lluvia, un día de la semana en el que las personas suelen recogerse más temprano de lo normal y con la lluvia mucho más.

La boca de la calle se mostraba tan oscura como de costumbre, el preámbulo a lo que estaba por ocurrir. Al alargar la vista no contemplo más que soledad, ni un perro se observaba por el lugar, solo un indigente en una acera, tratando de resguardarse al lado de un carro.

Ella avanzo con sus pasos rápidos, tratando de no correr, ni de dejar en evidencia su temor y cuando intentaba llegar a la parte más clara de la cuadra, justo en la esquina, choco completamente con un hombre y antes de que pudiese reparar en los rasgos de su rostro y de siquiera alcanzar el miedo a invadir su cuerpo, él la sujeto fuertemente del brazo y le robo desesperadamente un beso, tras el cual se fue corriendo. Mientras, ella de pie en la oscuridad presionaba fuertemente sus labios contra su mano, sin llegar a comprender lo que ocurrio.


Fue así como en un instante ella pasó a ser un número más de las estadísticas de la inseguridad de esta Ciudad.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Antaño




Tu vieja arquitectura y añejas plazas
dejan ver lo que esperabas ser
añoranza de un pasado lejano
un futuro aún sin consumar

Quedan en ti algunas calles de piedra
dos o tres, tal vez más
recuerdan pisadas de caballos
el sonido de carruajes al transitar

Sobreviven entre asfalto
casonas de la época colonial
atesoran la tradición en sus tejados
Coleccionan reflejos en cada ventanal

Nuevos colores cubren tus fachadas
por dentro los pedazos caen
viejas lozas sueltas salpican
mosaicos desarmados sin dibujar

Los bancos en tus plazas no son los mismos
ni los abuelos que en ellos están
tampoco los niños que corretean
solo las fuentes han logrado perdurar

Las raíces de tus robles envejecidos
aún guardan recónditas historias
las montañas siguen siendo testigos
cómplices y guardián